Ni los pingües beneficios de los antidepresivos, ni el éxito en ventas de Viagra pueden igualar un imperio: el de las estatinas. Esta semana hablo en LD precisamente del problema en que se ha convertido la plaga de estatinas que inunda Occidente, todo claro cortesía de las farmacéuticas.
De acuerdo a la Asociación Americana del Corazón, más de 100 millones de norteamericanos superan los 200 mg/dl de colesterol total. Para la industria farmacéutica, esto supone más de 100 millones de potenciales consumidores. Cuando uno se pregunta por qué dura tanto, y tan persistentemente, el mito del colesterol, no habría que extrañarse. Una de las industrias más rentables del mundo, la farmacéutica, con el símbolo del dólar en los ojos ha hecho todo lo posible por mantener vivo el mito del colesterol. Y parece que a las farmacéuticas no les ha ido mal, nada mal. En 2004 Lipitor (el nombre comercial de la atorvastatina), del gigante Pfizer, se hizo con el récord de primer fármaco con receta en alcanzar 10 millones de dólares en ventas en sólo un año. Según la revista Forbes, los fabricantes de estatinas para reducir el colesterol están facturando a razón de unos 26 millones de dólares anuales.
En dicha campaña para demonizar el colesterol, nadie –por desgracia, parece que ni los médicos– se preocupa por lo esencial que es el colesterol. Sin él no generaríamos vitamina D con el Sol, ni hormonas como testosterona, progesterona o estrógeno, y es vital para la conexión entre las neuronas. En la paranoia colesterolfóbica en que se han empeñado en que vivamos, Bill Alpert, periodista norteamericano, ¡llegó a recomendar que se añadieran estatinas para reducir el colesterol al agua de consumo público! ¿Pero qué son y qué hacen las estatinas?
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