Podría decir que mi interés en la cosmética y en la nutrición fue todo uno, lo cual quedaría muy bien y aun literario, pero no es el caso. Lo cierto es que mis intereses en la cosmética y en la nutrición vinieron provocados por situaciones o coincidencias muy distintas en tiempos también distintos. En esta ocasión me referiré al primero en el tiempo, la cosmética.
Cuando pasas de ser con unos 10 años, siempre según opiniones ajenas de entonces, uno de los chicos guapos de la clase a ser con 15 viva imagen de mil eventos hormonales traducidos en un acné incluso por mi madre definido como galopante, son unas cuantas cosas las que empiezan a cambiar en tu lista de intereses. Una de las cuales en mi caso fue la estética. Y más concretamente la cosmética.
Aún recuerdo el escozor que me producían no pocos productos empleados por aquellos años contra mi acné. Unos, eso sí, con más y mejor justificación (pensemos en general en diversos ácidos) que otros (alcohol como inolvidable de mi adolescencia). Convencido estoy de que pequeños defectos en ciertas partes de mi rostro aún hoy son clara secuela de un uso reiterativo de productos innecesariamente agresivos. Aún vívidamente puedo recordar la piel reseca e incluso agrietada que conseguía con algunos de esos productos (específicamente un tónico azul de Clearasil afortunadamente hoy creo que descatalogado que debí usar durante mucho tiempo y que me dejaba la piel, de reseca, blanquecina).
Cuando tienes un problema como el acné agresivo empiezas a interesarte por la estética por un doble motivo: para solucionar tu problema y por idolatría de lo que comúnmente entenderíamos por una buena piel. Sí, lo reconozco, una de mis ambiciones era poder llegar un día a emplear una crema hidratante, una que no estuviera compuesta por una retahíla de ingredientes astringentes y secantes. Productos que, para mí, eran algo así -y no exagero en mi sensación- como Mistol o detergente de lavavajillas para la cara. Así, mi acercamiento al mundo de los correctores y hasta en ocasiones de las bases de maquillaje no empezó de una manera agradable. Era un modo de poder mirarte al espejo antes de salir y no exclamar para tus adentros otra vez -una más- "hoy tengo la cara hecha un Cristo".
Si además tenemos en cuenta que el acné severo supone comedones y pústulas muchas veces dolorosas, la experiencia toma visos de indescriptible. Y si a todo ello sumamos los mil problemas que la adolescencia acarrea sobre nuestros temperamentos, y el tener que empezar a afeitarte con semejante panorama es una preocupación por comparación anecdótica, la unión de alegrías por adición no son pocas para el cuerpo.
Fue ahí y en ese contexto y no otro donde un chico de unos 14 años comenzó, aún sin internet, a devorar todas las secciones de belleza y cosmética de revistas de todo tipo. Hasta puedo recordar el cajón donde guardaba los recortes de las secciones de belleza de el Blanco y Negro dominical del ABC o de El País Semanal. Y de ahí, siempre desde pequeño un tanto curioso sobre los cómo y porqués, derivó mi claro interés en darle sentido a aquella devoción y preocupación cosmética; esto es, en saber comprender cómo funcionaba esto de un cosmético o, dicho de otro, qué exactamente se contenía allí dentro. Y, con el paso del tiempo y de experiencias cosméticas personales tan deplorables, bien pensado, tal interés no debe resultar extraño. ¿Si tantos productos han sido un calvario para mi piel y he estado a punto de destrozarla, por qué he de creer que ahí fuera todos los demás productos van a ser efectivos y sobre todo no agresivos? Además, aprendí demasiado pronto y en carnes propias a desconfiar de los eslóganes y promesas cosméticas. Todas esas experiencias me marcaron claramente, lo cual me fue convirtiendo en un consumidor cosmético bastante exigente, que en mi caso acabó significando relegar los valores de la publicidad o el precio en busca de otros que, a diferencia, sí me parecieran más objetivos.
Al fin y al cabo por mi piel pasaron durante años todas las imaginables campañas publicitarias para pieles grasas y acneicas y todo tipo de productos sin hacer excepción con la cosmética de instituto, alta perfumeria y hasta "nicho". Dicen que a veces en la vida aprendes a base de reveses. Sin faltar a la verdad, fue así como nos conocimos la industria cosmética y yo.
Continuará....

















