
Si consumiéramos alimentos frescos, naturales, salvajes y de cultivo orgánico, locales en lugar de ser transportados miles de kilómetros y conservados durante largos trayectos, además de cultivados en suelos fértiles llenos de minerales o en mares puros libres de contaminación, si hiciéramos vida al aire libre, respirásemos aire sin polución, durmiéramos siempre ocho horas, bebiéramos agua natural, hiciéramos ejercicio físico rutinario y nos mantuviéramos al margen de diversas toxinas ambientales, lo más probable es que no necesitaríamos suplementos. Y aún así habría excepciones que hacer. Sin embargo, creo que no he definido a prácticamente nadie en el mundo de hoy. Son muchos, diría que la mayoría, los que no entienden la importancia de vitaminas, minerales o ácidos grasos esenciales. Incluso, por desgracia, siguen siendo muchos los médicos que no comprenden hasta qué punto tales nutrientes juegan un rol fundamental en la salud.
Uno de los puntos centrales de este desconocimiento es el no saber distinguir entre niveles mínimos y niveles óptimos. Por ejemplo, si sólo nos preocupáramos de tomar la cantidad de vitamina C que evita el escorbuto, en realidad no nos tendríamos que preocupar por la vitamina C en nuestra dieta. Si sólo queremos evitar el raquitismo, con 'un poco' de vitamina D tendríamos más que suficiente. El problema es que muchas personas y aun médicos entienden de vitaminas o minerales en términos de cantidades mínimas para evitar enfermedades de deficiencia. Pero, ¿qué es lo ideal, pensar en cantidades mínimas o en cantidades óptimas?
A la hora de hablar de suplementos nutricionales y alimentación, hay un hecho que se nos pasa por alto: ¿Por qué existen tantos alimentos fortificados o enriquecidos? Porque, para empezar, los alimentos de hoy son alimentos empobrecidos debido a la pauperización de los suelos, al uso masivo de calorías vacías o sin micronutrientes -vitaminas y minerales-, o procesos industriales que desnaturalizan y desvirtúan a ciertos alimentos. Incluso hoy, en el país por excelencia de los alimentos enriquecidos, EEUU, un 92% es deficiente en una o más vitamina, y esto no significa que 9 de cada 10 no tengan al menos una vitamina en niveles óptimos, sino que ni siquieran alcanzan los niveles mínimos para evitar una enfermedad por deficiencia. Un estudio con norteamericanos publicado en el American Journal of Public Health, halló que el 6% eran severamente deficientes en vitamina C y un 30% estaban al borde de la deficiencia. Los niños con sobrepeso y obesidad, sobrealimentados y con problemas cognitivos suelen tener deficiencia de vitamina D. Aunque parezca paradójico, la obesidad suele ir de la mano de la malnutrición. Una encuesta del Departamento de Agricultura de EEUU del año 2004 halló que el 70% de americanos no obtiene suficiente vitamina E, un 37% vitamina C, y casi un 75% suficiente zinc.
Pensemos en el uso masivo de pesticidas sobre cultivos, que hace que las plantas no necesiten enfrentarse al medio, lo cual reduce muchos de sus fitonutrientes (recordemos que fitonutrientes como por ejemplo el resveratrol son un mecanismo de defensa de las plantas). Y eso por no hablar de los animales que viven enjaulados o estabulados, comiendo los productos agrícolas empobrecidos, o la alimentación masiva en cereales que reciben y a la que muchos de ellos no están acostumbrados ni genéticamente adaptados, y es aquí donde entra el uso de determinados antibióticos para evitar que los sistemas digestivos de algunos animales estallen. Para complicar todo esto, vivimos en entornos altamente polucionados y sometemos a nuestro cuerpo a profundo estrés psíquico. Al final, acabamos oxidados e inflamados, lo cual acrecienta las necesidades 'naturales' de nuestros cuerpos.
La investigación acerca de la necesidad de suplementar determinados nutrientes es abrumadora e incontrovertida ("A role for supplements in optimizing health: the metabolic tune-up", Arch. Bioch. Biophys., 2004). Cuestión muy distinta es el debate sobre la dosis específicas, aparte de que obviamente los suplementos nutricionales no son píldoras mágicas de eterna juventud ni suplen la importancia de una dieta adecuada, además de muchos otros factores no nutricionales que influyen sobre la salud humana. La relevancia de los ácidos grasos antiinflamatorios, esto es, los Omega 3 o aceite de pescado, es ineludible. Desde hace unos 3 a 4 años ha estado creciendo la conciencia clínica y general sobre la vitamina D, aunque sin embargo continuamente se publica en revistas científicas el bajo estatus nutricional en términos de muchas vitaminas y minerales entre la población, desde el zinc hasta el magnesio. Igualmente es muy importante obtener suplementos de alta calidad. Del mismo modo que hay alimentos mejores y peores, hay suplementos que acaban siendo una pérdida de dinero. No necesitamos ingredientes de relleno, ni invetir dinero en cantidades mínimas o bajas de principios activos, ni principios diluidos hasta un punto que comprometen su eficacia (aceite de hígado de bacalao en lugar de un concentrado de Omega 3), ni activos anticuados (Q10 ubiquinona en lugar de ubiquinol), de eficacia o biodisponibilidad general inferior (vitamina D2 en lugar de D3), ni fórmulas que no están actualizadas con los estudios científicos (multivitamínicos con sólo 200 a 400 UI de vitamina D, o excesivo retinol).
La verdadera revolución no es ya el día que la medicina pase de sólo tratar la enfermedad a predicar su prevención (para lo cual se precisa de una visión holística e integral de la persona), sino el día que se vuelque en promover la salud óptima.