Son innumerables las veces que he criticado las recomendaciones oficiales en nutrición. A propósito de la aún censura existente sobre las dietas restringidas en carbohidratos y la asociación de las mismas parece que inacabable con múltiples enfermedades, hay quien cree sin embargo que está cada vez más asumido este estilo dietético y que vendría a estar ya dentro de la ortodoxia clínica generalmente enseñada como tal. Precisamente esta misma semana me escribía una lectora que estudia un máster en nutrición preocupada o extrañada de lo ajenas que son las recomendaciones nutricionales de restricción en carbohidratos a todo lo que a ella le enseñan como correcto y adecuado. Aunque me gustaría decir que me sorprendió, lo cierto es que sigue sin sorprenderme demasiado que aún hoy en 2010 incluso una persona recibiendo una enseñanza reglada y oficial en nutrición me solicitara desde su interés estudios que criticaran o cuestionaran la pirámide alimentaria que le hacen ver como universalmente correcta, y hasta óptima. ¿Y qué pirámide es ésa? Pues, por supuesto, la siguiente:
Ésta es la pirámide alimentaria del USDA (Departamento de Agricultura de EEUU), basada en cereales, harinas y almidones (de acuerdo, ¿a alguien le extraña que un Departamento de Agricultura recomiende esto?, aparte de que siempre me he preguntado cómo un departamento semejante elabora toda la pirámide alimentaria recomendada a la población). Es la exportación a todo el mundo al menos desde los años 70 de modo oficial de la creciente espiral de diabetes, obesidad o enfermedad cardiovascular. El Dr Walter C. Willett, de la Escuela de Medicina de Harvard y experto en nutrición, ha afirmado que "el terreno científico sobre el que se basa esta pirámide es inestable". ¿Que somos cada vez más los que decimos esto mismo? Qué duda cabe, pero por muchos que seamos e incluso visibles como los doctores Eades, Enig, Sears, Atkins, Volek, Vernon... y muchos otros divulgadores, seguimos siendo marginados dentro de los círculos oficiales donde se manufacturan los mensajes últimos que promocionan las autoridades gubernamentales y que, lo queramos o no, siguen teniendo una fuerza muy difícil de contrarrestar. Si no tomamos conciencia de la importancia de esta causa, ni un millón de estudios publicados acabarán teniendo sentido o utilidad, pues el ímpetu de la dieta 'correcta' imperante será irrefrenable. Mientras tanto, creer que la batalla contra las dietas altas en carbohidratos y libres de grasas está prácticamente ganada no es sólo una enorme ilusión, sino que dicha actitud sólo acaba contribuyendo a un mayor afianzamiento, por trágico que pueda resultar, de las causas nutricionales subyacentes al segamiento de vidas en Occidente de modo tan prematuro como evitable. El periodísta científico Gary Taubes, en su best-seller "Good Calories Bad Calories", ha referido perfectamente el estado de la cuestión como una auténtica batalla ideológica entre los enemigos de la grasa y los críticos de los carbohidratos (y a su vez defensores de la teoría de las enfermedades de la civilización); una batalla que, ya bien entrado el siglo XXI, sigue siendo ganada por mucho por los primeros. Y en semejante batalla científica e ideológica, los proponentes de las dietas colmadas de cereales y almidones han hecho todo lo posible por difamar a los que somos disidentes, aun a costa de devaluar la propia ciencia si es necesario (sólo hace falta repasar las anticientíficas estrategias del Dr Ancel Keys, como realizar estudios poblaciones sólo con las poblaciones que sabia que de antemano le darían la razón, como hizo en el "Seven Countries Study", y burlarse de los que le mostraron sus contradicciones), pues todo esto no ha sido más que una gran mentira. Y lo seguirán haciendo cuanto haga falta. Empleando la idea de una frase de Edmund Burke, para que triunfen los lipófobos fanáticos de los carbohidratos lo único que hace falta es que los demás no hagamos nada. Infravalorar la crucial importancia de esta causa sólo acabaría haciendo que todo lo demás en nutrición, y aun en salud en general, no haya merecido para nada la pena.
























